LEANDRO
Él era la mitad de algo. Una hermo-
sa, fuerte y dotada mitad de algo, que
tal vez era más fuerte, más grande y más
hermoso que él. Era, por tanto, la mitad
mágica de algo majestuoso e inescruta-
ble. Y ella, era un todo. Un todo
pequeño, desorientado, no muy fuerte y
carente de armonía, pero un todo.
-Todos los futuros poseen una gran virtud: la de no ser jamás tal y como te los imaginas –le decía a Leandro su padre.
En esa época, Leandro todavía no era hermoso; aún no se llamaba Leandro como más tarde, pero su madre ya le había entretejido los cabellos como un encaje holandés, para que no tuviera que peinarse durante el viaje. Al despedirse de él, su padre dijo:
-Tiene un hermoso y largo cuello, un cuello de cisne; caerá, ¡Dios no lo quiera!, bajo un sable.
Y Leandro recordaría esas palabras toda la vida.
En su familia –los Chijorich-, todos, salvo el padre de Leandro, eran albañiles, herreros o apicultores de generación en generación. Los Chijorich habían llegado al Danubio, a los pies de Belgrado, desde Herzegovina, procedentes de una región donde se aprendía a cantar en la iglesia antes que el abecedario, y las aguas, en esta tierra natal suya, fluían hacia dos mares: por un lado del tejado, las lluvias se derramaban hacia Occidente, hasta el Neretva y el Adriático, y por el otro, hacia Oriente, por el Drina al Sava y al Danubio hasta el mar negro. Sólo el padre de Leandro había renegado de la tradición familiar, porque de la construcción de casas no quería ni oír hablar.
-Cuando me adentro en Viena o en Buda, entre esos edificios que allí donde llegáis erigís a tontas y a locas, de inmediato me pierdo, y sólo cuando me doy de bruces con el Danubio, donde el lucio es más estúpido en febrero, sé dónde estoy y quién soy.
(...)
HERO
La cara interna del viento
es la que queda seca mientras
el viento sopla a través de la lluvia.
Uno de los adivinos baratos.
“Durante la primera parte de su vida, la mujer da a luz, y durante la segunda, mata y entierra, bien a sí misma bien a los que están a su alrededor. La cuestión es saber cuándo empieza la segunda parte.”
Con estos pensamientos, la estudiante de química Heronea Bukur rompió un huevo duro en frente y se lo comió. Era todo lo que le quedaba de sus reservas. Tenía el pelo muy largo y lo usaba a guisa de calzador. Vivía en el lugar más concurrido de Belgrado, en una habitación alquilada encima del restaurante
El barrilete de oro, y tenía la nevera llena de novelas de amor y cosméticos. Era joven, arrugaba los billetes en su mano como un pañuelo cuando iba de compras y soñaba que en alguna parte de la costa se tendía por la tarde sobre el agua y dormía media hora. Recordaba los brazos de su padre, por los que como olas agitadas por el viento fluían arrugas, y sabía callar en modo mayor y en modo menor. La llamaban Hero, adoraba el pimiento, llevaba el beso siempre picante y bajo la bata blanca de química un par de pechos bigotudos. Era tan rápida que podía morderse su propia oreja, digería ya en la boca y entendía que cada tres o cuatro siglos algunos nombres femeninos pasaban al género masculino, mientras que el resto se queda igual.
Sin embargo, había algo que no podía encajar en su imagen límpida del mundo. Eran los sueños. ¿De dónde venía todas las noches, en una vida tan simple en la que sólo se podía correr entre dos orejas, algo tan inexplicable como los sueños? Algo que dura después de la muerte.
“Los sueños se reencarnan”, pensaba Hero, “y a menudo los sueños femeninos en un cuerpo masculino y viceversa… ¡Cuánta gente se encuentra uno últimamente en los sueños! ¡Cómo nunca! ¡Yo ya estoy superpoblada!”.
(...)