miércoles, 08 de marzo de 2006
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El último mes de enero de este decenio fue particularmente frío. Vellos erizados emergían de las orejas de las personas y la nieve se fundía en las lágrimas de mi perro. Una tarde estábamos sentados en el albergue El signo de interrogación, alisando nuestras cejas grasientas luego de la cena, y algunos de nosotros llevaban en la espalda una almohada como si fuera una mochila. En nuestra mesa había cinco o seis hombres con cuellos cebados, de esos sujetos que no se afeitan en invierno y se reúnen con la ropa húmeda en los albergues. Sólo conocía a Boja Voukadinovitch, Vlada Ourochévitch y Zoran Michitch. Festejábamos algo así como un aniversario, de nacimiento o de bodas, una suerte de jubileo, pero sólo el diablo sabe designar el día en el que nosotros, los vivos, llegamos a la edad de los muertos. Algunos de nosotros habían llegado en efecto a la edad que tenían Boja Voukadinovitch y Zoran Michitch en el momento de su muerte, cuando habían dejado de contar sus años, la edad en la que ambos habían entrado a otro recuento de años. A decir verdad, Boja Voukadinovitch ya era más viejo que Zoran Michitch, al contrario de lo que pasaba cuando estaban vivos, pues sus nuevos años fluían ahora a partir de su muerte y no a partir de su nacimiento. Zoran Michitch había llegado con mi perro, pero este último actuaba como si el otro fuera su dueño, exactamente de la manera en la que se comportaba conmigo durante el día. Ya no me reconocía. Al ver su hocico fruncido comprendí que tenía mucho miedo.

Escuchaba a un joven tocar el violín y noté que rasgaba las cuerdas de vez en cuando con su pulgar, lo que ya no se hace desde hace mucho tiempo. Contemplaba con placer la huella de mi mordida en el pan, roja por la páprika, y el vaso que mi mano había manchado de grasa. Habíamos comido unos fiambres de cerdo y pan de maíz, luego pescado, todo de la misma fuente en medio de la mesa, intercambiando nuestros tenedores como si fuera un juego. Bebíamos raki hervido con miel. También nos acompañaba uno de la vieja pandilla, yo lo conocía bien, y me daba cuenta que le observaba como si hubiera comido un puñado de sal con él y como si le hubiera derramado todas las mañanas el agua de su aseo. Pero no recordaba ni su nombre ni su rostro, si bien esa ocasión yo poseía una mirada más dura y rápida que de costumbre.

En la mesa la conversación tomó un leve giro, inhabitual. Las preguntas no las hacíamos nosotros, los vivos, sino los que ya estaban muertos.

– ¿Hay lugar con ustedes?–preguntó Boja Voukadinovitch a Zoran Michitch.

–No –respondió Zoran–, ¿y con ustedes?

–Con nosotros sí –replicó Boja.

Me di cuenta de que la bujía sobre la mesa absorbía el humo del cigarro de Boja, pero no el humo del cigarro de Zoran. Iba a preguntar por qué había lugar con uno y no con el otro, cuando me acordé que eso no se hacía y que sólo los muertos hacen preguntas. Pero tampoco les quería decir que estaban muertos.

"Tal vez saben que lo están", me decía, "entonces ¿para qué espantarlos?"

Zoran Michitch me observó bajo su ceja hendida y tuve la sensación de que sabía que yo le escondía algo importante. Me preguntaba de dónde le venía esa cicatriz que había llevado toda su vida, y que conservaba aún después. Como si quisiera responderme, empezó:

–Me gustaría decirles que los cuervos no son pájaros ordinarios. No escuchan nada mientras tienen el pico cerrado. Pero cuando graznan, su oído funciona. Por lo tanto no pueden oír ninguna palabra hasta el instante en el que ellos mismos se expresan, y es por eso que jamás entienden. Sin embargo hay momentos en los que vale la pena observarlos. Cuando las golondrinas y las otras aves migratorias abandonan nuestras regiones en otoño, ahuyentadas por la helada, los cuervos las acompañan un cierto tiempo, las protegen de las rapaces que las acechan a lo largo de la ruta apostando a su cansancio. Los cuervos se encargan entonces de hacerles frente y apartarlas de las aves migratorias hasta que estas últimas les hacen una señal para que se vayan. Entonces los cuervos regresan. No actúan así más que una vez al año, y cada uno una sola vez en su vida. Pero las aves siempre van acompañadas y protegidas.
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Escuchando a Zoran Michitch tuve la impresión de que hablaba más tiempo del que hubiera deseado, cosa que él no solía hacer. Comprobé con asombro que no buscaba decirnos algo sino sólo abrir la boca lo más a menudo posible a fin de escuchar lo que nosotros decíamos. Evidentemente, estaba sordo mientras tenía la boca cerrada, y no podía escucharnos cuando él hablaba.

En ese momento el perro se desperezó bajo la mesa. Quería acariciarlo, pero al tocarlo sentí tal miedo que me levanté para irme. Ya hacía frío en el albergue, casi todos habían partido y yo no veía más que nuestras sombras en el muro. Había algo extraño en ellas. La sombra de Boja Voukadinovitch no seguía sus movimientos; la sombra de su mano permanecía junto al plato en tanto que Boja Voukadinovitch ya estaba llevándose el vaso a la boca. En la sombra, sólo el vaso recorría el trayecto hasta su boca.

Para Zoran Michitch era diferente. Su sombra se comportaba como las nuestras, pero reaccionaba con más lentitud. Cuando el tenedor vacío de Zoran regresaba hacia el plato, en la sombra aún estaba subiendo, cargado de alimento, hacia su boca…

–Me voy –dije–, no me gusta el alba. Y me parece estar durmiendo ya.

–Quizá sea cierto –dijo Boja Voukadinovitch–, pero no podrás salir de este sueño, puesto que lo conjuras, despertándote.

Pensé que Boja era ahí el más anciano y el más experimentado y que sin duda tenía razón. Luego continuó:

–Para huir de este sueño, deberás dormirte de nuevo. Sólo el sueño en el sueño te puede salvar de los sueños que sueñas ahora. Entonces serás libre, reencontrarás la vida, pues dos sueños se neutralizan como dos signos menos en matemáticas:

menos por menos da más.


–Simplemente voy a salir por la puerta –respondí, vacilante.

–Quédate a dormir aquí, me dijo Boja Voukadinovitch, aprovecha. Si sales por la puerta, todo lo que te suceda en la calle la primera vez le sucederá a Zoran por segunda vez.
Dejé de escucharlo y me fui sin despedirme. La persona que estaba sentada junto a mí, cuyo nombre ni rostro recordaba, se levantó de inmediato y me siguió.

Una vez en la calle, me sentí como embriagado por el aire, lo aspiré profundamente y me sentí mejor. De pronto me di cuenta de que la persona que salió después de mí era una mujer, de nombre Emilia; la tomé de la mano, sentí su calor y luego continuamos juntos. Caminamos así por algún tiempo en la calle, pero yo no lograba orientarme. Para empezar, ya no había nieve por ningún lado. No sabía absolutamente dónde me encontraba. De pronto pude constatar:

Frente a la entrada del hotel todo estaba ya limpio: un montoncito de yeso y algunos fragmentos de piedra –que bien podían venir de las obras aledañas– era todo…

Entonces comprendí dónde me hallaba: estaba en un cuento de Vlada Ourochévitch. Me acordaba del título: "Hotel Lisboa." Boja Voukadinovitch tenía por tanto razón. No se podía abandonar el albergue El signo de interrogación por la puerta. No se abandona un sueño por más que se entre en un relato. Me detuve un instante, pero mi compañera se apartó de mí y todo prosiguió como estaba previsto. Como en el cuento de Ourochévitch:

Nos paseábamos por el muelle, ella balanceándose como si bailara, canturreando una tonada que me parecía conocida.

Luego ella subió de improviso a la balaustrada de piedra del muelle. Miraba hacia abajo, hacia las aguas agitadas y reía. Salté sobre el pretil y la tomé de la mano…

Entonces apareció un cuervo. No recuerdo si había un cuervo en la historia de Ourochévitch, pero vi uno aparecer, que se abalanzó sobre mí y empezó a picotearme. Nos encontrábamos cerca de uno de esos montículos de piedras que representan, cada una, una maldición. Por cada palabra de imprecación se deja un guijarro; así se forma el montículo. Grité para espantar al pájaro, pero Emilia dijo riendo:

–¡Es inútil! ¿No sabes que no oyen cuando tienen el pico cerrado?


Emilia tomó una piedra del montículo y la arrojó contra el cuervo. La piedra salió de la historia y, sólo entonces, le dio al pájaro arriba del ojo, ahí donde se encuentra habitualmente la ceja. Así supimos que el cuervo volaba fuera del cuento. Luego de que lo golpeó, la piedra se convirtió en palabra y se fueron juntos en una esquela de amor, dejándonos solos. Entonces Emilia resbaló.

De pronto dio media vuelta: sus ojos estaban llenos de terror y desesperación. Quieres empujarme al fondo, gritó. Sus débiles brazos me rechazaban.

Quieres arrojarme al fondo, gritaba la jovencita endeble, de pie en la balaustrada del muelle. La observé: su rostro reflejaba la vacuidad petrificada de una estatua iluminada por la luna. Sus ojos estaban anormalmente abiertos: o no veía nada o miraba algo invisible para los otros 1

Comprendí que era el fin del cuento de Ourochévitch. Entonces supuse que seguiría otro y temblé al recordar su contenido. Regresé corriendo al albergue El signo de interrogación pero ya no había nadie. Las sillas estaban sobre las mesas y los mozos se encargaban de limpiar el piso. Entré y pedí autorización para quedarme hasta que hubieran terminado. Di una propina y me dejaron sentar en un rincón. Descansé la cabeza sobre mis brazos, e intenté dormir. Entonces se presentó Vlada Ourochévitch. Estaba pálido y pedía, igual que yo, que lo dejaran entrar. Cuando nuestras miradas se cruzaron, comprendí de dónde venía. Salía de uno de mis cuentos, que lo esperaba afuera como uno de los suyos me esperaba en el umbral. Por lo tanto, no había más que una salida del albergue El signo de interrogación: a través del sueño. Intentamos dormirnos, pero fue en vano. No solamente los mozos nos corrían de un rincón a otro –y nosotros les dejábamos más y más propinas en las mesas– sino que ya era hora de adivinar qué historias nos esperaban afuera, en la puerta del albergue.

–¡Por amor de Dios –me dijo Vlada Ourochévitch–, trata de evitar "Incidente de vacaciones"!

"No veo cómo", pensé, y me aprestaba a alertarlo sobre mi cuento "La fiebre floral", pero recordé que él lo había traducido y que conocía cada palabra.

Entonces nos dijeron que el albergue estaba por cerrar. Para prolongar aún nuestra estancia pedimos de beber. Vlada escogió una botella de vino blanco y yo, yo llamé al mesero, quien trajo en el acto un coñac 2
De pronto todo encajó. El vino blanco venía de mi cuento "La Fiebre floral"3, y el coñac del de Ourochévitch: "Incidente de vacaciones". Como la primera vez, todo nos empujaba inexorablemente hacia el epílogo. Salí.
Inhalé el olor del pescado podrido, fuerte y embriagante, el olor que provenía del cuento de Ourochévitch.

No escuché el ruido del camión que doblaba la esquina y cuyo chofer, sorprendido por la inmovilidad de la silueta humana, en medio de la calle, casi no frenó.4

Al momento en el que me golpeó, supe que todo lo que me sucedía ahí por primera vez, debía sucederle en alguna otra parte a Zoran Michitch por segunda vez.


1 Vlada Ourochévitch, La carroza nocturna, Novi Sad, sin fecha, cuento: "Hotel Lisboa"
2 Vlada Ourochévitch, en La carroza nocturna, op. cit., cuento intitulado "Incidente de vacaciones", p. 177.
3 Milorad Pavic, en La Cortina de Hierro, Novi Sad, 1973, cuento intitulado "La Fiebre floral", p. 125-128.
4 Vlada Ourochévitch, cuento "Incidente de vacaciones", op. cit., p. 177.


Traducido del francés por: José Abdón Flores.
Publicado por Goizeder @ 13:46  | Textos
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