Libro primero
Pequeña novela nocturna
Llevaban las puntas de los bigotes trenzadas como un látigo. No habían reído durante generaciones y las arrugas marcaban sus años en la parte superior de sus caras. Envejecían porque pensaban y no de alegría. Sabían que los judío les llamaban "edomeos"; ellos se llamaban a sñi mismos "sal". Hace falta mucho tiempo para que un hombre consuma un puñado de sal-pensaban ellos- y eran pacientes. Llevaban dos signos: el del cordero y el del pez. Daban al cordero pasteles amasados con lágrimas y al pez un anillo de masa porque el pez es el esposo del alma. Tuvo que pasar mucho tiempo -cuatro o cinco generaciones- hasta que uno de ellos dijo:
-Lo que más me gusta es el árbol que habla; es el úncio que da un fruto doble. En él se puede distinguir entre el silencio y el mutismo. Porque un hombre con el corazón henchido de mutismo y otro con el corazón henchido de silencio no se parecen en nada...
El que lo había dicho era de Antioquía y murió en Roma, en el año 107, sin apretar los dientes, entre los de una fiera, sin miedo y sin odio, junto con su compatriota Ignacio. Igual que no se puede ver un grano de trigo todo lo que está inscrito en él -cómo será la espiga, qué altura tendrá el tallo y cuántos granos llevará-, de la misma forma no se podía deducir nada de su frase y sin embargo ya todo estaba inscrito en ella.
(...)
Todo esto es una gran desgracia en la que nos sentimos como pez en el agua -pensaba el fracasado arquitecto Atanás Svilar sumergiéndose en sus cuarenta años como en sudor ajeno.
Había estudiado en Belgrado, entre 1950 y 1956, en la Facultad de Arquitectura. Ya entonces aprendió que su labio superior estaba encargado de unas cosas y el inferior para otras: el superior era para lo caliente y el inferior para lo ácido; estudiaba matemáticas con el profesor Radivoie Kashanin y llevaba una gorra de punto con un pito en la punta, el profesor Marinkovich le daba clases de hormigón, y al mismo tiempo aprendió a reconocer a las mujeres que preferían bigotes para cenar. Se hizo famoso por su examen de licenciatura, escandaloso y original, que dividió a la facultad en dos bandos. Ya a lo largo de sus estudios había advertido que una de las virtudes más mortíferas de los grandes escritores era el silencio sobre ciertas cuestiones importantes. Y lo aplicó a su profesión: el espacio no utilizado, equivalente a la palabra callada en una obra literaria, tenía aquí su figura, el vacío tenía su forma y un significado tan mortal y eficaz como el espacio ocupado por una construcción. (...)